El largo terremoto
Diarios del Confinamiento 1
Roma, 16 de marzo de 2020
Cuando me siento a escribir suena un piano a lo lejos. No es que alguien esté ensayando. Suena muy fuerte y la melodía es decidida: “Volare, Oh, oh. Cantare, Oh, oh, oh, oh”. Miro el reloj y son las seis. Es la hora de encontrarnos con los vecinos. Entonces no escribo y salgo por el balcón. Afuera una abuela ya mueve sus manitos bailando suavemente, tímidamente. Una madre joven y su hija adolescente miran con poco interés este sencillo espectáculo de barrio. Aplaudimos. Alguien grita: “Grazie!”. Después vendrán Yesterday y otras baladas internacionales. Algunas son un poco tristes como para la situación que vivimos. La interpretación es un poco barroca, y no demasiado limpia, pero qué se le va a hacer. Nos despierta y ofrece una distracción.
Estoy cumpliendo a estas horas de la tarde, una semana encerrado. El Coronavirus se acercó lento, como si nada en la península. Cuando nadie lo esperaba dio el zarpazo y nos dimos cuenta que era demasiado tarde. No culpo a las autoridades. Reaccionaron en la medida que hubo información. Ahora vivimos en un estado extraño, muy extraño.
En términos chilenos esto es como un terremoto. Un terremoto muy suave pero que durará meses. Mata más gente que un terremoto, pero destruye menos. Todo está tal cual, es más, las calles desde la terraza se ven limpísimas y ordenadas, en realidad vacías. Pero el silencio invade cada resquicio y hace que la atmósfera inquietante se instale. Con el aire limpio y sin los ruidos citadinos han llegado más pájaros al jardín, y cantan con mayor confianza. Pero incluso eso le da a todo un aire bizarro.
No. No estábamos preparados para vivir algo así. Imposible. Ni como personas, ni como sociedad. Es como una ola que se veía venir. Y nos fuimos ajustando. Pero cuando la onda estuvo suficientemente cerca como para calibrar sus dimensiones, nos dimos cuenta que era mucho más grande de lo que esperábamos. Y entonces se nos pidió que pasáramos la ola por debajo. Capear la ola se llama. Y se hace largo bajo el agua. Todavía nos quedan al menos tres semanas de esto. Quién sabe.
Se escucha hablar de la Edad Media, por esto de las pestes. Vargas Llosa escribió algo al respecto. Y sí, es un poco medieval, o como me imagino lo medieval. Cada uno recluido, y subyugado por las más inverosímiles noticias. Algunos desarrollan pensamientos delirantes… nos vamos a morir todos y no habrá quién nos entierre. Otros se neurotizan con el control, como si se pudiera hacer mucho más. Lo que más se hace es contar historias, como en la Edad Media. Y justo aquí, la tierra donde nació el Decamerón, obra cumbre del escapismo narrativo y cuna de la lengua italiana. Ahora el texto se transmite por Youtube a todas horas, en todas las versiones posibles. Sí, la Edad Media fue oscura por las pestes, porque no había comunicaciones, porque la superstición catalizó procesos de persecución y fanatismo, el miedo reinó en tantas partes. Pero la Edad Media fue también el tiempo donde nacieron las lenguas, las universidades, los caminos de peregrinación, las catedrales, los poemas épicos, recetas de cocinas y de cervezas, y donde se fue cristalizando muy lentamente la cultura europea. Pienso que algo de eso pasa inadvertidamente también ahora. Tiempo de fragua y fermento lento -esperamos corto esta vez- para amalgamar algo. Quién sabe qué se estará amasando en los hogares de esta Europa cerrada con llave por dentro.
Me he prometido no escribir demasiado sobre el encierro y la crisis. Pienso, perseguido, que son demasiados los que lo están haciendo. Y me carga ser uno más. ¿Pero cómo evitar el tema? ¿Cómo pasar de largo cuando esto está llenándolo e invadiéndolo todo?
Entremedio el músico se detiene y contesta el teléfono y le grita a un amigo. Luego continua: “Il cielo sempre più blu”. Los vecinos aplauden. Se cierran los balcones. Cada uno vuelve a su cuarentena.
Roma, 16 de marzo de 2020
Cuando me siento a escribir suena un piano a lo lejos. No es que alguien esté ensayando. Suena muy fuerte y la melodía es decidida: “Volare, Oh, oh. Cantare, Oh, oh, oh, oh”. Miro el reloj y son las seis. Es la hora de encontrarnos con los vecinos. Entonces no escribo y salgo por el balcón. Afuera una abuela ya mueve sus manitos bailando suavemente, tímidamente. Una madre joven y su hija adolescente miran con poco interés este sencillo espectáculo de barrio. Aplaudimos. Alguien grita: “Grazie!”. Después vendrán Yesterday y otras baladas internacionales. Algunas son un poco tristes como para la situación que vivimos. La interpretación es un poco barroca, y no demasiado limpia, pero qué se le va a hacer. Nos despierta y ofrece una distracción.
Estoy cumpliendo a estas horas de la tarde, una semana encerrado. El Coronavirus se acercó lento, como si nada en la península. Cuando nadie lo esperaba dio el zarpazo y nos dimos cuenta que era demasiado tarde. No culpo a las autoridades. Reaccionaron en la medida que hubo información. Ahora vivimos en un estado extraño, muy extraño.
En términos chilenos esto es como un terremoto. Un terremoto muy suave pero que durará meses. Mata más gente que un terremoto, pero destruye menos. Todo está tal cual, es más, las calles desde la terraza se ven limpísimas y ordenadas, en realidad vacías. Pero el silencio invade cada resquicio y hace que la atmósfera inquietante se instale. Con el aire limpio y sin los ruidos citadinos han llegado más pájaros al jardín, y cantan con mayor confianza. Pero incluso eso le da a todo un aire bizarro.
No. No estábamos preparados para vivir algo así. Imposible. Ni como personas, ni como sociedad. Es como una ola que se veía venir. Y nos fuimos ajustando. Pero cuando la onda estuvo suficientemente cerca como para calibrar sus dimensiones, nos dimos cuenta que era mucho más grande de lo que esperábamos. Y entonces se nos pidió que pasáramos la ola por debajo. Capear la ola se llama. Y se hace largo bajo el agua. Todavía nos quedan al menos tres semanas de esto. Quién sabe.
Se escucha hablar de la Edad Media, por esto de las pestes. Vargas Llosa escribió algo al respecto. Y sí, es un poco medieval, o como me imagino lo medieval. Cada uno recluido, y subyugado por las más inverosímiles noticias. Algunos desarrollan pensamientos delirantes… nos vamos a morir todos y no habrá quién nos entierre. Otros se neurotizan con el control, como si se pudiera hacer mucho más. Lo que más se hace es contar historias, como en la Edad Media. Y justo aquí, la tierra donde nació el Decamerón, obra cumbre del escapismo narrativo y cuna de la lengua italiana. Ahora el texto se transmite por Youtube a todas horas, en todas las versiones posibles. Sí, la Edad Media fue oscura por las pestes, porque no había comunicaciones, porque la superstición catalizó procesos de persecución y fanatismo, el miedo reinó en tantas partes. Pero la Edad Media fue también el tiempo donde nacieron las lenguas, las universidades, los caminos de peregrinación, las catedrales, los poemas épicos, recetas de cocinas y de cervezas, y donde se fue cristalizando muy lentamente la cultura europea. Pienso que algo de eso pasa inadvertidamente también ahora. Tiempo de fragua y fermento lento -esperamos corto esta vez- para amalgamar algo. Quién sabe qué se estará amasando en los hogares de esta Europa cerrada con llave por dentro.
Me he prometido no escribir demasiado sobre el encierro y la crisis. Pienso, perseguido, que son demasiados los que lo están haciendo. Y me carga ser uno más. ¿Pero cómo evitar el tema? ¿Cómo pasar de largo cuando esto está llenándolo e invadiéndolo todo?
Entremedio el músico se detiene y contesta el teléfono y le grita a un amigo. Luego continua: “Il cielo sempre più blu”. Los vecinos aplauden. Se cierran los balcones. Cada uno vuelve a su cuarentena.
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