Cronos y Kairos

Diarios del Confinamiento 2
Roma, 18 de marzo de 2020

“Sí, claro. Yo te digo Padre Enrique, ahora la gente va a echar de menos su rutina. Antes no queríamos ir al trabajo, yo la primera. Y nos quejábamos del transporte. Cuanto no daríamos ahora, recién con nueve días de encierro, por darnos una vuelta en el autobús y pasar esas ocho horitas en nuestro escritorio.” (Trozo de conversación telefónica)

Es un poco así. Y un poco no. Quedarnos en la casa no era como lo imaginábamos. Un día está bien, pero así indefinido como ahora… Ya el hecho de estar obligado a permanecer confinados hace toda la diferencia. "La ley, en verdad, intervino para que abundara el delito” (Rm 5,20a). Y nos pasamos el día pensando en lo lindo que está el día como para hacer un paseo y en lo que nos hace falta comprar. Cuando es ley quedarse en casa no significa necesariamente que te la vas a pasar genial. O al menos no necesariamente.

Yo sí me la he pasado bien. Me dije, ahora vas a tener todo ese tiempo que querías para pintar, leer, ponerte al día en tantas cosas. Y empecé a estrujar el horario. A las 7:30 las meditación. Me encanta. El resto de la mañana es para escribir la tesis. Y me ha cundido más que nunca. A este ritmo voy a terminar de escribir los capítulo centrales antes que acabe la cuarentena. No hay ruido, tengo mis libros, el tiempo, ni una distracción. No hay que salir a hacer trámites ni compras. En la tarde leo y camino en la terraza del techo. Me tomo un té con toda tranquilidad. Después le doy a las acuarelas y hago un poco de ejercicio. Sí, en tres o cuatro días me llené la agenda. ¿Ansiedad le dicen? Un poco.

Además tenemos una cierta rutina social del encierro. Las comidas, a las que asistimos todos puntual y religiosamente. El lavado de la loza para el que tenemos turnos. Algún juego después de cenar. A las 6 las canciones desde el balcón para alegrar el barrio. En las pausas del café la conversación infaltable sobre el número de víctimas apenas publicado o el comentario sobre el avance de las vacunas. ¿Y qué sabemos nosotros de vacunas? Por la noche ver una serie, avanzar una novela y a dormir.

En menos de 10 días tengo una rutina casi más estricta que la del cotidiano pre-coronavirus. ¿Cuál es la necesidad? Entonces nace la resistencia a la repetición. Una rebelión ante el deber del horario. Y pensar que nadie me lo impuso. He comenzado a sentir una imperiosa necesidad de ser sorprendido, una adrenalina de que las cosas se salgan un poco de su riel. Gracias a Dios mañana la misa es un poco distinta, porque es día de San José y lo vamos a celebrar en la terraza del último piso. Gran fiesta, Gran.


Brota por todas partes la necesidad doble de ordenar el tiempo y regularizarlo, medirlo, dominarlo. Pero también de quebrarlo con un carnaval, una interrupción, la sorpresa. Es como si no pudiéramos vivir sin estos dos pies con los que camina el tiempo: Cronos y Kairos. ¿Y qué pasa si el mundo se da una vuelta de carnero y todo queda suspendido? No importa, te los vuelves a inventar, no te puedes quedar parado.

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